domingo, 21 de noviembre de 2010

In Memoriam

No conozco París, nunca he estado en la ciudad de la luz.

Durante años planeamos hacer ese viaje, recorrer juntos las calles de una ciudad tan familiar para él que había nacido y vivido en ella los veinte primeros años de vida.
Acariciábamos ese sueño en espera de que la economía nos permitiera cumplirlo, pero una cruel enfermedad -que se llevó a toda una generación de jóvenes en los años 90- segó su vida una calurosa noche del mes de julio del año 1996.

Le vi por primera vez en un bar, justo enfrente de la librería en la que yo trabajaba haciendo el rodaje profesional para ir después a la librería de la Universidad Autónoma.

- ¿Quién es aquel chico del otro extremo de la barra? -pregunté al camarero-
- Ese?...Xavi "el tibio", le llamamos así porque ni frío ni calor. Trabaja aquí al lado en una productora de cine, ya le conocerás porque está siempre aquí.

A los pocos días volvimos a coincidir en el bar y Ángel -el camarero- nos presentó sin saber que en ese momento estaba abriendo la puerta a una etapa de mi vida que siempre recuerdo con una amplia sonrisa.

Xavier tenía un amigo en la productora -casi un hermano para él- y yo una aliada en la librería, mi compañera Marina. Cada noche nos veíamos los cuatro para ir después a algún bar de copas de moda o a la famosa Sala Universal. Fueron unos años locos, desenfrenados y muy muy divertidos.

Tenía un gran sentido del humor, era inteligente, tierno, divertido, alto...y francés. Hablaba con un marcado acento y cometía errores léxicos como llamar "ebrias" a las hebras del puerro o "entrepierna" al muslo de pollo y reía a carcajadas cuando descubría su error al ser corregido por alguien. Tenía el pelo rizado, mas bien rubio y unos brillantes ojos verdes que escondía tras sus gafas de miope. Un ser encantador del que me enamoré antes de conocerlo, cuando mis ojos lo descuberieron al final de la barra de un bar.

Es curioso que nunca nunca viese en los hombres que pasaron por mi vida al posible padre de mis hijos, sólo Xavier alcanzó esa categoría. Sólo él reunía muchas de las cualidades que yo consideraba necesarias para esa gran responsabilidad. Era una buena persona con principios y valores.

Su trabajo en la productora con viajes continuos y mi traslado a la UAM dieron al traste con nuestro pequeño mundo, dejando en stand by el proyecto de viaje a París.

Nosotros empezamos a vernos cada vez menos y Marina e Iñigo se fueron a vivir juntos. A veces hacían fiestas en su casa y nos volvíamos a encontrar los cuatro. También Xavier tenía el detalle de enviarme siempre invitaciones para asistir al estreno de las películas de la productora.

Pasado un tiempo, supe por Iñigo que Javier estaba enfermo y empecé a visitarlo en casa y en el hospital. La enfermedad duró un año, tiempo que todos empleamos en mimarlo y hacerle feliz. Él estaba encantado con tanta atención y disfrutó como nunca de la vida. 

Desde entonces su alma está en Obón, un pequeño pueblo de Teruel al que siempre volvía para encontrarse a sí mismo.


Sé que algún día iré a París y sé también que me encantará,  pero hasta ahora mi corazón nunca me lo ha pedido, seguramente porque sabe que es una herida que volverá a doler el día que recorra sus calles sin él.

Durante mucho tiempo no fui capaz de ver las pocas fotos que tengo de Xavier. Esta mañana las he buscado y el gesto inmediato ha sido acercármelo al corazón mientras una tierna sonrisa se dibujaba en mi cara. Por primera vez las lágrimas no me han empañado ojos.

Tal vez ha llegado el momento.

2 comentarios:

  1. Si yo supiera decírtelo así... te lo diría

    http://video.google.com/videoplay?docid=7184620638797068600#

    ResponderEliminar
  2. Gracias Anita, es un corto precioso, me ha emocionado.

    ResponderEliminar