En el verano de 1978 el Tío Sam envió a Alberche tres adolescentes americanas. Formaban parte de un programa de intercambio cultural que gestionaba una organización internacional llamada AFS y que hoy sigue funcionando.
Tras un largo proceso de selección, de entrevistas con todas las familias y de visitas a nuestras casas para evaluar la idoneidad, a nosotros nos adjudiaron a Liz, a mi amiga Mª José a Bárbara y a casa de Rosa vino Dawn, que no aguantó ni una semana y le cambiaron de destino.
Las dos primeras en cambio, encajaron a la perfección en nuestras vidas y en nuestro pueblo. Eran la atracción del verano. Bárbara por ser la joven más exuberante que jamás vieron nuestros ojos y Liz por ser lo más gringo que había pisado el pueblo.
El objetivo del programa era que las jóvenes aprendieran el idioma y la cultura local y la organización consideraba que la mejor manera era la integración de las estudiantes en las familias de acogida como si de un miembro más se tratara. Para contribuir a esa integración, debían considerarse y debíamos considerarlas uno de nosotros y eso empezaba por llamar padre y madre a mi padre y a mi madre y hermanas a nosotras tres.
Mentiría si dijera que durante su estancia hacíamos vida completamente normal, ya que se programaron excursiones y actividades de verano que de otra manera yo no habría hecho, pero también es cierto que en verano y en vacaciones, nuestra vida de adolescentes era bastante lúdica.
Por aquel entonces, todos los sábados hacíamos una fiesta en el patio de la casa de mi amiga Mª José y los demás días nos quedábamos hasta la madrugada en la plaza del pueblo charlando con las amigas y tanteando torpemente los primeros amores.
Nuestra amistad durante ese verano fluyó de forma natural en el afecto mutuo y el cariño familiar, consolidando así una relación que se prolongó durante años en los que manteníamos contacto epistolar. Nunca faltaba su tarjeta de felicitación navideña y alguna que otra foto de familia.
Liz volvió a España en varias ocasiones aprovechando algún viaje de trabajo a Europa y nunca dejó de venir a visitarnos. También mi hermana Rosa pasó unos días en su casa de Cumberland cuando visitaron Nueva York. Era una casa al más puro estilo Liz Douglas, pequeña, pintoresca y llena de gatos.
El paso del tiempo y la vorágine cotidiana separaron, nuestros caminos, pero el milagro de las nuevas tecnologías y las redes sociales nos han vuelto a unir hace poco.
Liz se casó y tomó el apellido del marido, por eso no conseguía encontrarla en internet con su nombre de soltera, pero el afecto que ha seguido vivo entre nosotras, ha hecho que nos busquemos la una a la otra hasta encontrarnos.
El milagro de Facebook nos ha reunido de nuevo y en esta gran plaza pública y a los ojos del mundo, nos hemos fundido en un cálido y emocionado abrazo.
Ella me ha dicho que se casó, trabaja como editora de una revista universitaria y tiene varios hijos felinos...Yo le conté que nuestra madre se fue dulcemente la noche de un domingo de ramos, dejándonos huérfanas para siempre.
Poco a poco nos vamos poniendo al día. Hay tanto de que hablar y tanto tiempo por recuperar...
Ella me ha dicho que se casó, trabaja como editora de una revista universitaria y tiene varios hijos felinos...Yo le conté que nuestra madre se fue dulcemente la noche de un domingo de ramos, dejándonos huérfanas para siempre.
Poco a poco nos vamos poniendo al día. Hay tanto de que hablar y tanto tiempo por recuperar...
:-)))))
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