Hay pueblos que tienen la tradición de alimentar un cerdito entre todos los vecinos mientras él se pasea libremente por las calles de la localidad. Se le denomina "guarrillo de San Antón" porque los lugareños se lo encomiendan al santo protector de los animales para que cuide de él y lo proteja a lo largo de su corta vida.
Pues bien, durante los primeros años de la mía, un buen número de personas cercanas a mi familia me llamaba cariñosamente "guarrillo de San Antón", ya que era patrimonio del pueblo entero. Cuando no estaba en la escuela, mi salón de juegos era la calle, mi entretenimiento era la gente y mi juego favorito, sentirme parte de todos ellos. Tanto es así, que tenía entera libertad para sentarme casi a cualquier mesa, colarme en sus patios y participar de las actividades cotidianas de la gente. Mi hermana Rosa era la encargada de salir a buscarme cada día a la hora de comer e infinidad de veces me encontraba sentada a la mesa, compartiendo comida como una más de la familia. Esto era podía ocurrir como algo completamente normal en una veintena de hogares.
En mi casa estaba la única panadería del pueblo y mis padres trabajaban día y noche para que no faltara en ninguna mesa el alimento más imprencisdible.
De la casa y de los cuatro hermanos se ocupaba nuestra amada Flore, hermana mayor, segunda madre y mujer entregada como pocas. Era el alma de la casa y la firme conductora de nuestros pasos.
Con un año, yo hablaba bastante bien y caminaba perfectamente, debía ser imposible mantenerme controlada, así que me enseñaron a identificarme diciendo "soy la hija de la panadera". Esas palabras se convertirían en mi salvoconducto de regreso a casa si me perdía...cosa harto difícil dada mi popularidad.
Mi afición por la calle era un impulso natural y sus atractivos tantos que cada día podía elegir entre las cosas que más me gustaba hacer.
Una de mis favoritas era subirme al carro de tío Casimiro lleno de alfalfa recién cortada y tumbarme sobre ella mirando el cielo del atardecer, mecida por el paso lento de las mulas que nos llevaban de vuelta al pueblo.
También era una aventura ir a la era en época de trilla y surcar mares de mies navegando en círculos sobre la proa del trillo de mi tío Norberto, un hermano de mi padre.
O acompañar en su trabajo al señor Domingo -el jardinero- mientras podaba los rosales del jardín de la plaza. No tengo ni idea de cuales podían ser nuestros temas de conversación -él era un anciano y yo podía tener cuatro o cinco años- pero recuerdo que charlábamos largo y tendido.
A estas alturas de vida, me resulta curiosa la relación que tenía con los adultos y ancianos ya que algunas de mis mejores amistades de entonces lo eran, como mi amigo Juan Peña que murió cuando yo tenía 9 años y a quien recuerdo como un buen hombre.
Otro de mis pasatiempos favoritos era salir a la plazoleta cuando mis vecinas bordaban manteles de Lagartera, acompañadas por la voz radiofónica de Doña Elena Francis y sus consejos morales a las oyentes atormentadas. Cosían sentadas en sillas bajas que colocaban en círculo, formando en el centro un gran colchón con las telas de sus manteles en el que me gustaba sumergirme, perderme, mirarlas a través de las transparecias del deshilado y escuchar sus particuares opiniones sobre las consultas a Doña Elena...era fantástico.
Las tardes dominicales de invierno pasaban ante a la chimenea de mi amiga Edita, en casa de Los Chispales. Echábamos a las brasas puñados de palomita en grano que en pocos segundos empezaban a saltar cuajando el suelo de pequeñas flores blancas que nos peleábamos por recolectar.
Pero el mejor momento, el más esperado, llegaba a eso de las cuatro de cada tarde de verano, justo cuando la sombra de la cara norte de la plaza llegaba al bordillo de la acera. Era el momento mágico que marcaba el final del horario de siesta impuesto por los adultos y daba el pistoletazo de salida al esperado baño en la alberca de tío Paco.
Era un oasis rectangular de unos 20X15 metros y casi 2 de profundidad que almacenaba las aguas procedentes del Canal del Alberche destinadas a regar las grandes extensiones de plantación de tabaco, maiz, pimiento y demás cultivos de regadío de la finca de mi tío, un primo de mi madre.
Cada tarde corríamos impacientes con la esperanza de encontrar la alberca llena a rebosar de un agua verdosa y limpia que traía infinidad de ranas y culebras con las que compartíamos el medio acuático sin mayor problema. Allí nos enseñó a nadar mi padre siendo niños y fue el escenario de los juegos estivales de adolescencia.
Cualquiera de estas opciones suponía una aventura diaria y aportaba experiencias en la formación humana de una niña que creció libre y feliz en un ambiente de solidaridad, amistad, vecindad y cariño.




me encantan los post de mi tia
ResponderEliminarVir
Y a tu tía le encanta que te encanten, a fin de cuentas mi patrimonio vital también es el tuyo y mis recuerdos son parte de tu memoria.
ResponderEliminarQue lindas historias.. que memoria prodigiosa, que privilegio de conservar las imágenes. Gracias por compartir :)
ResponderEliminarLa alberca del tío Paco... rezaba en una de las paredes del secadero: "PROHIBIDO BAÑARSE" así con mayúsculas para que no hubiere ninguna duda. Nosotras privilegiadas amigas de Conchi, y ya en la adolescendia, podíamos usarla, así que allí que nos íbamos todos los veranos. Empezábamos dándonos un mejunje hecho con yodo (no sé a quien se le ocurrió la idea)para coger color, más bien nos achicharrábamos, y después un bañito, tertulia, algún higo que otro para el cuerpo y para casa. ¡qué veranos Conchi... qué nostalgía!.
ResponderEliminarMe han encantado las historias pero se echa de menos unas fotos mas grandes, solo se te reconoce en una, tirate el rollo y publica alguna foto decente maja. Me ha encantado!!, de verdad, no conocia esta faceta tuya de escritora , ultimamente me estas sorprendiendo, ¿que más sabes hacer?!
ResponderEliminarelena